Hoy en día es difícil encontrar una marca que no se deje tentar por los encantos de estas fiestas y todo lo que significan:
Ilusión, luces, encuentros, buenos deseos y por supuesto regalos.
Cuando llega noviembre, marcas y agencias calientan motores.
La consigna es clara: Tenemos que ir pensando en la Navidad.
Y como en la vida misma, el tema provoca dos reacciones muy opuestas, ilusión o pereza.
Bendita, maldita Navidad.
Pero tanto si te gusta como si no, en Navidad, hay que estar… ¿verdad?
Como agencia, se trata de encontrar el insight navideño que mejor nos encaje con lo que la marca quiere decir.
Si no hay nada concreto, un “Feliz Navidad” con su correspondiente key visual podría ser suficiente.
Con más o menos ingenio, es relativamente fácil ser ocurrente.
Si buscamos emocionar, necesitamos más.
Picar más piedra.
¿Qué no se ha dicho todavía?… o mejor… ¿Cómo lo decimos diferente?
Pero el tema realmente se complica cuando el mensaje es táctico, una oferta, por ejemplo, pero te piden un tono emocional.
Recuerdo el caso de un cliente, una marca de telefonía móvil con una oferta navideña de llamadas a muy buen precio.
Le dimos vueltas. Muchas vueltas. La combinación, dinero y piel de gallina en el mismo anuncio nos parecía imposible.
Imposible hasta que una mañana te cruzas con un compañero de otro departamento y sin saber muy bien por qué (¿desespero?) compartes tu briefing.
Compañero que mirando fijamente al infinito dice:
«Seguramente te dan tantas llamadas para que digas todo lo que durante el año no dijiste y te quedó pendiente… porque si no lo dices en Navidad, ¿Cuándo lo dirás?»
Bendito encuentro en la salida del ascensor.
La Navidad solo funciona cuando se comparte.
¿Has montado el árbol?
